jueves, 5 de enero de 2012

De fidelidades, expectativas y amigos de verdad



Algo que leí hoy me recordó a cuando jugaba de pequeño en el patio de mi colegio. Iba yo a la mía con mis amigos, y de pronto se nos acercaba el metomentodo de turno y nos intentaba poner en contra de alguien porque si.
El peticionario en cuestión recababa apoyos y promesas de odio hacia su victima por donde pasaba. Era el momento de tomar partido y elegir en que bando estabas, el de los vencedores, o el de los pringaos.
Recuerdo que este tipo de juegos me resbalaban bastante, y que, por eso mismo, más de una vez años después, en mi temprana adolescencia, acabé pagando el pato por otros. Sin embargo, y curiosamente, tras aquella época terminé desarrollando un sentido del “honor hacia terceros” que me ha acompañado desde entonces.
Me explico: si se la haces a un amig@ mío, lo siento, pero me caerás mal durante mucho tiempo, y haré lo que pueda por no herir los sentimientos de mi amig@ alejándome de ti.

Seguramente pensarás que hago mal, que no es una manera inteligente de relacionarse, o me podrías argumentar que lo que en realidad consigo es alimentar una forma de rencor. Yo también lo creo así a veces, aunque no pueda evitar seguir actuando de esa manera. Sobre todo lo he meditado estos últimos años, que me han hecho aprender lo difícil que es encontrar amigos de verdad. 
Es el problema de ser más serio por dentro de lo que se aparenta por fuera. Ser superficial me resulta cada vez más difícil. Puedo ser tonto, alocado o impulsivo, pero superficial… puedo llegar a aparentarlo, pero poco más, mi conciencia no me permite llegar más allá, prefiero ser yo mismo y aceptar las consecuencias. Y admito que tuve que aprender las reglas del juego y proyectar el suficiente cinismo durante un tiempo para poder sobrevivir al entorno que me rodeaba en Madrid desde mi llegada en el 97 hasta que cumplí los 40, diez años después, pero no hay nada como cumplirlos, se le quitan a uno las tonterías de la cabeza.
Mi crisis de los 40 se limitó a esa única decisión: eliminar de mi vida todas mis relaciones superficiales y dedicarme a cuidar con mimo a quienes me hubiesen demostrado su cariño en lo bueno y lo malo.
Como adivinarás, me quedé con muy poco. Pero la alegría que me han proporcionado los que quedaron y los que aparecieron después no tiene precio. 

El problema son las expectativas. En cualquier tipo de relación, hablo por mi, uno se ilusiona y espera dar lo mejor de si mismo, a cambio de una reciprocidad.
Pasa el tiempo y te das cuenta de que esto solo funciona con muy pocas personas. Lo más normal es que tu des, y acabes recibiendo, pero de otra forma.
La solución es bien sencilla: hay que enfocarse en quienes quedan, y relativizar lo demás. Como me dijo un amigo hace muchos años: quien te busque ya te encontrará, o como lo traduzco yo: ¿para qué acudir a una fiesta a la que no me han invitado?
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