martes, 24 de mayo de 2011

La llamada de la vocación


¡Alto! nada de sustos, no hablo de la vocación religiosa, me refiero a la vocación musical, a la mía en particular.
Hablaré de la mía por que es de la que entiendo, allá cada cual con la suya, y si esto os sirve, pues me alegro mucho, bienvenidos seáis.

Me ha costado varios años descubrir porqué decidí dejar la música, pero hoy por fin puedo decir que lo he averiguado.
Al principio, hace unos tres años, actué sin pensar y lo dejé de golpe. Finalicé dos compromisos que tenía pendientes y acepté un trabajo en una empresa alejado totalmente del mundo musical. Iba a dedicarme al marketing de unas pequeñas empresas dedicadas al comercio electrónico y la promoción y venta de productos puntuales por TV y radio.
Gracias (supongo) a mi entrega total a aquel trabajo, y a la buena disposición de mis superiores se formó un equipo que consiguió mucho éxito en relativamente poco tiempo, eso si, a costa de muchísimas horas de trabajo y estudio.
Mientras tanto sonaban por la radio mis últimos trabajos, en algunos medios se hablaba de ellos y de mi, pero yo todo aquello lo veía muy lejano y no le hice mucho caso.


Casualidades de la vida (si es que tales cosas existen), hicieron que casi seis meses después de empezar mi nueva andadura profesional tuviese una reunión por causa de la gestión de los derechos de una de mis producciones en la editorial Warner Chappell. Estar presente en aquella reunión, y escuchar las duras palabras del ejecutivo que nos atendió me reafirmó en mi decisión de no volver a pisar el despacho de una discográfica en mucho tiempo.
Aquel señor admitió una desidia y cinismo insultantes que la música española estaba acabada (yo creo que lo hizo incluso con deleite), y que a ellos ya les iba a ir bien, pues esperaban seguir haciendo sus ingresos por medio de catálogo, o sea, explotando temas anteriores, una manera de poder escabullir el pago a sus autores me dije yo, pues cuando pasan más de seis años, nadie se acuerda de tus royalties o derechos (si algún artista lee esto me entenderá).

Yo vi durante años como las discográficas entraban en barrena y no hacían nada. En el año 2000 ya se sabía que la piratería llegaría y acabaría con todo, pero aquí no se hizo nada. Se pasó de una industria boyante preñada de creatividad e ideas a un chiste. Muchísima gente muy válida perdió sus trabajos, muchas veces de manera injusta por causa de fusiones que llegaban impuestas desde fuera (donde si se estaban preparando), o por la pura y simple mala gestión de unos directivos confiados en su poder. Curiosamente, cuando había despidos, los primeros en desaparecer fueron casi siempre los mejores, porque a partir de aquel momento, el tiempo que pasaban los "buenos" currando, otros lo usaron para intrigar y medrar sin ningún talento más allá que sus artes sociales. Una historia que resulta familiar ¿verdad?.
Recuerdo haber tenido discusiones tremendas en despachos acerca de este tema, siempre iniciadas con las mismas preguntas ¿porqué no respetáis a los que compran los discos?, ¿porqué os empeñáis en no darles lo que quieren?, ¿porqué no cuidáis más las producciones?, etc.

Una cosa que me reventaba de aquella época era que me usasen para arreglar estropicios ajenos, por eso alguna vez Pumpin' Dolls dijimos aquí y allá que nos considerábamos fontaneros.
Pero mejor poner un ejemplo: contrataban a alguien para producir un disco, le daban una pasta (sabiendo muchas veces que tal productor no era el indicado para el artista, pero ¿dónde iba un porcentaje del dinero?), y cuando recibían el disco terminado aquello no había por donde cogerlo. Necesitaban un single viable para las emisoras de radio, y era entonces cuando nos llamaban. Aquella costumbre al principio me pareció útil, pues de nuevo, al principio al menos, las canciones estaban bien escritas y la mayoría de las veces era fácil lucirse, pues sólo había que dejar respirar la canción, tratarla con mimo, y dedicarle todas las horas de trabajo y conocimientos que otros no habían querido o sabido dedicarle. Eso si, por una cantidad ínfima de dinero en comparación con la inversión que se había hecho inicialmente.
Llegó un momento en que me rebelé y les llamé la atención por aquello. Argumenté que si sabían lo que pasaría, mejor hubiese sido que nos llamasen desde el primer momento, pues se hubiesen ahorrado dinero y tiempo. Pero no, las cosas siguieron igual, hasta que llegó el caso de Rosa y su canción para Eurovisión.
Sabíamos quién le estaba produciendo el disco, y lo equivocada de aquella decisión para la carrera de esa chica. Sabíamos que la decepción del público iba a ser tal cuando escuchasen el disco que mucha de la gente que lo comprase no volvería a pisar una tienda de discos en años. Lo avisamos. Pero no hicieron caso y en el último momento nos llamaron para arreglarlo. Por una cantidad insultantemente ridícula de dinero.
Le dije que no al directivo y además le pedí que no me llamase en un año. Su sello no tuvo ningún número uno más ese año. Hasta entonces al menos le habíamos dado uno al mes desde hacía cuatro, ¿no está mal, verdad?.
Siempre me pregunté porqué no nos dio ninguna producción. Ahora se porqué, y quien sepa leer entre líneas que entienda, que yo paso de meterme en problemas legales.

Sería largo seguir contando anécdotas de este declive, y por otro lado nada útil para lo que en realidad os quería contar en este post.
Cuando uno siente la vocación musical, esta se manifiesta de muchas maneras, pero en mi caso era una fuerza interna que me impulsaba inexorablemente hacía un objetivo: hacer música que cambiase el mundo, que alegrase a las personas, que les diese una "banda sonora", que tuviese vida propia, que emocionase.
Yo lo sentía como una ola que se extendía, y quería que llegase lo más lejos posible. Para eso estudié, me preparé durante muchos años y sacrifiqué parte de mi vida. Sabía que lo podía conseguir, y cuando los resultados empezaron a llegar no me alegraron las cifras de ventas ni los números 1, lo que me alegraba era entrar anónimamente en un lugar y escuchar mis canciones sonando allí. O caminar por la calle y escucharlas por un balcón, o ver las sonrisas de quienes las escuchaban y bailaban a su son sin saber quién era yo.
Ese canal secreto de comunicación era para mi el mejor pago para todo el esfuerzo y las horas frente al piano. Además y por supuesto, poder vivir de ello era una gozada.

Pero las cosas se estropearon. Ver como aquella industria desaparecía, como se veían obligados a cerrar o degeneraban grandes estudios de grabación, y sobre todo, ver como la gente dejaba progresivamente de respetar nuestro trabajo me desanimó profundamente. Por no hablar de otros golpes de la vida, que cuando lo malo llega, lo hace a tropel.
Aún así sobreviví, y poco a poco me hubiese podido mantener. El éxito volvía a aparecer, pero esta vez con una diferencia: no lo sentía, no me hacía feliz, lo sentía incluso más ajeno que antes.
La respuesta ahora la se: había perdido mis objetivos. Muy poco de lo que estaba haciendo era lo que realmente quería o servía para hacer, y me estaba convirtiendo en un funcionario sin saberlo.
Olvidé que para hacer música es imprescindible tener algo importante que contar, un conjunto que transmitir, una idea nueva que proclamar. Me olvidé que yo mismo era un artista. Me olvidé que lo que hacía necesitaba tener un sentido.

¿He recuperado tal "sentido"?
No lo se, hay días que me levanto con una idea. Otros me imagino haciendo yo solo y sin presiones por fin un álbum propio que me defina musicalmente. Otros me imagino que aparecerá un artista que me fascine y me haga cambiar de idea.
Pero aún no ha sucedido, hace mucho que no me apetece tocar.
Cuando lo haga tendrá sentido, eso os lo aseguro.
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